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Explosivo cóctel de mentiras desde Olivos

nota de opinionPor Carlos M. Reymundo Roberts

Yo fui sincero el sábado pasado y no me atribuí ni media línea de la extraordinaria carta -la tercera sobre el caso Nisman - que escribió Cristina y que se publicó en este espacio. Esta semana, en cambio, ciertos méritos que debo haber reunido a lo largo de los últimos años en el campo del relato me pusieron en un primerísimo plano. Sépanlo: desde el discurso en cadena del lunes hasta lo que vino los días siguientes, todo es obra mía. Todo es fruto de una estrategia que le presenté a Zannini y que, después de hablarlo con la señora, aceptó sin chistar. Les gustó mucho el nombre del plan: "Desconcertar". La idea era ésa. Confundir, sorprender. Fui crudo. Dije que íbamos a tener que apelar una y otra vez al engaño, a la mentira. "Cuenten conmigo", nos tranquilizó la señora, que por suerte hace ya años que puso distancia de la verdad.

Partí de una base: estábamos perdiendo la batalla de la opinión pública, que, como se sabe, es la batalla que no queremos perder. No había forma de convencer a la gente de que no teníamos nada que ver con la muerte de Nisman . Para peor, Cristina no había estado especialmente feliz. Discurseando es un fenómeno, pero puesta a escribir novelas policiales por Facebook resultó un desastre. Los villanos se le volvían víctimas y los suicidios se convertían en asesinatos. Por eso propuse afirmarnos en lo que le sale bien: la cadena. Pero no cualquier cadena. Ésta tenía que ser impactante, conmovedora. "Señora -le pedí-, necesito que llore ante las cámaras." Me respondió que tenía una idea mejor. "Voy a hacer llorar a la gente."

Así, lo de aparecer en silla de ruedas se le ocurrió a ella. También lo de vestirse toda de blanco, para que la bota ortopédica negra resaltara más. Está convencida (y las encuestas le dan la razón) de que las disfunciones físicas tocan las fibras más íntimas de las personas. Me impresionó cómo dispuso el manejo de cámaras para que el plano abierto la tomara así, disminuida por su fractura de tobillo. Una genia. "¿Se me ve la bota, no?" Los que ese día la vimos llegar caminando a paso firme al living donde se grabó el mensaje no podíamos creer lo bien que representó el papel. Un tobillito que ya está casi curado se había convertido en una postrante herida de guerra.

El discurso -pieza maestra del plan "Desconcertar"- se lo organicé yo. Si el país esperaba que hablase de Nisman, primero había que sorprender con otra cosa: la reforma de la SIDE. Garabateamos un proyecto de apuro y Cris, una grande, lo presentó como si fuera un cambio revolucionario. De los 58 minutos que duró el mensaje, 45 estuvo explicando que ahora los espías no serán más unos tipos malvados que andan pinchando teléfonos y matando fiscales, sino monaguillos elegidos por el Papa. Lo de la contradicción entre suicidio y asesinato lo resolví fácil: tenía que decir que nunca había hablado de suicidio. Reconozco que no era un argumento muy sostenible, pero me apoyé en que no hay palabra escrita que un discurso de la señora no pueda borrar. Ella ha impuesto el relato oral: perseguirla por lo que puso en cartas, leyes o documentos es perverso. Después reuní unas cuantas falsedades de alto impacto, como la "relación íntima" entre Nisman y Lagomarsino , o que los iraníes no firmaron el acuerdo porque acá había sido declarado inconstitucional, o que Clarín había borrado un párrafo de la primera carta. Cristina las presentó de manera tan convincente que cuando la escuchaba casi me las creo. Y, para el final, el plato fuerte: apuntarle los cañones a Lagomarsino. Perdón, Dieguito, pero si ha habido un crimen necesitábamos un criminal. Igual, tranqui. Está todo bien con vos. Es hasta que esta ola pase.

Agrandado por el éxito de la cadena, que realmente había logrado desconcertar a todos y nos mostraba a una Presidenta doliente, víctima de una conjura de espías desalmados, más víctima incluso que el propio Nisman, pasé a la fase dos del plan: el operativo "Cordillera de humo". Teníamos que cambiar la agenda. Propuse: que Cristina viajara a China, porque la vida sigue y acá no pasa nada; eso sí, suspendamos la caminata por la Gran Muralla. Que antes hiciera un cóctel de anuncios: a la mala onda le contraponemos guita y buenas noticias. Que en el acto en la Casa Rosada todos rieran y aplaudieran. Pum para arriba y a dar vuelta la página del fiscal, que ya descansa en paz. Que presentáramos un candidato a la Corte bien polémico: el chico Carlés , por ejemplo, que la semana pasada tomó la Primera Comunión. Que Forster , el pensador oficial, dijera que la denuncia de Nisman fue "un invento para ocultar la alegría del verano". Que Galuccio anunciara un acuerdo petrolero con China; un acuerdo como el de Chevron, imposible de mostrar. Que Capitanich explique algo, cualquier cosa, que rápidamente se convierta en trending topic. Que Máximo inaugure un gran hotel en El Calafate; después veremos con qué empleados públicos o de Lázaro Báez lo llenamos. Que Boudou vuelva a salir de gira con la Mancha de Rolando (ojo, que de las recaudaciones se ocupe Rolando).

Mi última ocurrencia fue que anoche, desde la puerta del avión, Cristina enviara el pésame a la familia Nisman, como para que ese capítulo quedara definitivamente cerrado. Una lástima: lo que se cerró fue la puerta del avión.